Monumento al arriero

 

En el año de 1829, la Real Audiencia de Extremadura remitió a todas las poblaciones extremeñas dos instrucciones encaminadas a especificar el vecindario y el número de almas, acompañando como testimonio al padrón del año reseñado, con distinción de eclesiásticos, nobles, militares, jornaleros, viudas y demás clases.

Los datos aportados por el Concejo señalaban que La Zarza tenía 538 vecinos (2.007 habitantes), repartidos en las veinte calles con las que contaba la localidad: Almendro, Azores, Casas Nuevas, del Coso, Cotilla, de la Carrera, de la Cuesta, de la Fuente, de la Iglesia, de las Carretas, de los Cerratos, de los Pintores, de Resolana, del Almendro, del Barrial, del Pósito, Salsipuedes, San Gregorio, Plaza y Plazuela.

Según estas informaciones, resulta sorprendente la cantidad de zarceños que se dedicaban por aquellos entonces al oficio de arriero, concretamente un 38 por ciento del vecindario, pudiendo deberse esta situación a una excesiva población en un término municipal pequeño y, sobre todo, a la pobreza de sus tierras que limitaban el desarrollo de la agricultura, con predominio de terreno inculto de sierra y monte, lo que impedía satisfacer los recursos de subsistencia  de la población.  “El terreno es fértil y desmontado la mayor parte, excepto los baldíos que son montuosos y de tierra áspera, incultos y aprovechados únicamente por las cabras” describía Pascual Madoz en su Enciclopedia las tierras del término de la localidad.

Etimológicamente, el término arriero proviene de la palabra ‘arrear’, que significa «estimular a las bestias para que echen a andar, para que sigan caminando o para que aviven el paso». Palabra, a su vez, proveniente del vulgar ‘arre’, voz utilizada para tal fin. El oficio de la arriería era la actividad de comerciar usando, para el transporte, las recuas de burros o mulos. Los arrieros formaron parte de los alojados habituales en las posadas, crearon costumbres peculiares propias de gentes de paso y desempeñaron casi siempre el papel de vendedores ambulantes, siendo elementos importantes en la difusión de las tradiciones zarceñas y a su vez portadores de influencias culturales forasteras.

Los arrieros recorrían los caminos y veredas existentes, difícilmente transitables por el constante tránsito de tropas y el mucho comercio, salvando terrenos quebrados, en condiciones impracticables en las temporadas de lluvias, vadeando los ríos Matachel y Guadiana cuando podían, pues no sería hasta el año 1845 cuando se comience a construir el puente que cruza el río Matachel con un coste de 145,300 reales repartidos entre los 33 pueblos que integraban los Partidos Judiciales de Almendralejo y Mérida de los que, a La Zarza, le correspondió aportar la cantidad de 4,665 reales y 25 maravedíes.

A lo largo de todo el año se desplazaban por la provincia de Extremadura y otras adyacentes portando todo tipo de mercancías agrícolas y ganaderas, acudiendo especialmente a  aquellos lugares donde se celebraban mercados y ferias, viniendo cargados en el viaje de retorno con productos inexistentes en la localidad como eran la sal y el aceite. Sus ingresos dependían  del tiempo de la actividad, de los productos transportados, del número y tipo de caballería y, finalmente, del viaje de vuelta, con o sin mercancías.

Comerciaban con los productos agrícolas producidos en el término, como eran el vino (“aunque poco pero bueno”), trigo, cebada, habas, garbanzos, o bien sus derivados como la harina o el salvado. En ese año hay datados seis molinos harineros a pleno rendimiento, dos situados en la ribera izquierda del río Guadiana y cuatro en el río Matachel.

Relacionados con la amplia cabaña ganadera que pastaba en las dehesas del concejo y del común de los vecinos, transportaban sacas de lana, pieles, cuero y embutidos. A la vez comercializando con miel y  cera provenientes de sus colmenas, así como con la cal y minerales extraídos de la mina de la tierrablanca.

También se destaca la existencia de una gran producción de lino que abastecía a varios telares los cuales producían un número elevado de  paños y lienzos llamados ‘bayetas’.

Sería imposible enumerar los nombres de los 187 arrieros que aparecen en los datos aportados a la Real Audiencia de Extremadura, pero sí convendría citar algunos de los apellidos más repetidos en el listado y más frecuentes en aquella época: Barrero, Benítez, Corbacho, Guerrero, Espinosa, Moreno, Muñoz, Paredes, Pérez, Flores, Galán, Gómez, Gordillo, Tarifa, Trinidad… antepasados, sin duda, de muchos de los habitantes que en la actualidad pueblan la localidad.

Sirva este artículo de homenaje a todos estos zarceños, que hace casi doscientos años, contribuyeron a forjar el espíritu emprendedor y negociante que ha caracterizado, desde entonces, a los vecinos de La Zarza y que ha perdurado hasta nuestros días.

Fuente: FRANCISCO SÁNCHEZ GARCÍA (CRONISTA OFICIAL DE VILLAGONZALO) Hoy La Zarza